domingo, 13 de mayo de 2018

EL CASO DE KIM

¡Hola! el caso de Kim es diferente al de los demás... lo más llamativo ha sido la duración de su tratamiento, nunca he escuchado algo parecido, así que bien merece leer su historia... Ella ha querido colaborar desde el anonimato, no se ha tratado ningún caso así en el blog y quizás pueda ayudar a otras personas... Yo se lo agradezco mucho, os dejo con su historia:
Nombre: Kim
País: España
Edad: 25 años
Clase esquelética: III
Fecha inicio ortodoncia: Año 2000 aproximadamente
Fecha cirugía: 13 de marzo 2017
Tipo de cirugía: Bimaxilar
Ella misma nos cuenta su caso: 
Hola. Tengo 25 años y una maloclusión clase III, un caso de mandíbula más grande que el resto del cráneo.
A los 3 meses de vida me empezaron a salir los dientes. Lloraba más que de costumbre y mi madre notó que tenía algo duro saliendo de la encía, así que me llevó a la pediatra y le preguntó si podía ser un diente. Ella le dijo que era muy temprano para eso, pero mi madre insistió en que tenía algo en la encía, así que la pediatra me examinó la boca y se llevó una buena sorpresa al comprobar que las sospechas de mi madre eran ciertas. Me remitió al dentista de inmediato, que supo a primera vista que iba a tener mucha cantera en la boca, y le pidió a mi madre que me llevase con frecuencia, solo para acostumbrarme a verle, como una preparación para lo que me esperaba en el futuro.

A los 7 años empecé con la ortodoncia. Desde entonces, mi boca ya ha llevado de todo, aunque ya el primer día nos dijeron que lo mío era un caso de cirugía sí o sí. El problema es que hasta que la mandíbula deja de crecer, a los 20 años aproximadamente, no tiene sentido pasar por quirófano para cortar el hueso si luego va a volver a crecer. Uno de mis primeros aparatos fue un expansor para el paladar, de los que se pueden quitar para comer. Este aparato también tenía unos hierros verticales contra los que no dejaba de empujar la lengua, recuerdo que me causaban unas heridas (como pequeños granos) en la punta de la lengua. Hasta hace bien poco no me enteré de la verdadera función de estos hierros, cuando me dijeron que la posición normal de la lengua es contra el paladar, sin tocar los dientes de delante. Me he pasado toda la vida con la lengua entre los dientes de delante, empujándolos inconscientemente, ¿y me dicen a estas alturas que no debo hacer eso?, ¿después de tantos años? en fin…
Estuve varios años con el expansor y con brackets. Luego me quitaron todo durante unos dos o tres años, y me dieron unas férulas para dormir y evitar que se me moviesen los dientes. Aunque me las ponía todas las noches, mis dientes se movieron igual. Luego me volvieron a poner los brackets para enderezarlos lo mejor posible para la cirugía.
A los 20 años me quitaron las muelas del juicio porque estaban torcidas y a la larga podían causarme problemas. Me fueron quitando una cada mes. La anestesia local no me hizo efecto del todo, aunque el doctor esperó al menos media hora después de pincharme. Algunas salieron bien pero otras resultaron más complicadas de extraer y me dolieron.
Me operé por la Seguridad Social. Decidieron hacerme dos operaciones: una para expandir el paladar y la otra bimaxilar. En diciembre de 2014 pasé por la primera operación, que consistió en colocarme un expansor como el que llevé de niña, pero sin los hierros para corregir la posición de la lengua y atornillado al hueso. Lo llevé unos 4 meses y luego me lo quitaron también en quirófano pero con anestesia local, a diferencia de lo anterior que te lo hacen con general. Ya al entrar en el quirófano le advertí al cirujano que la anestesia local solía tardar mucho en hacerme efecto. Me dijo que no me preocupase, que me pincharían en 4 sitios (uno por cada tornillo). Me colocaron una venda sobre los ojos y empezaron a desatornillar. Tres salieron bien, notaba un cierto cosquilleo en el hueso mientras el tornillo giraba y también sentía el ruido que producía el roce del metal con el hueso (es una sensación extrañísima), pero no me dolieron. El cuarto sí que se quedó un poco atascado y me molestó, menos mal que era el último, si no, les habría exigido ahí mismo que me durmiesen del todo con anestesia general.
Se suponía que después de esto, solo tardarían un año en realizarme la bimaxilar. Pero, debido a los típicos caos que se montan los de la seguridad social, se retrasaron meses y meses. Y yo, mientras tanto, aguantando la presión de los brackets en mis dientes y una depresión monumental aumentando en mi interior. Nunca me ha gustado mi rostro, y menos mi sonrisa, jamás enseño los dientes al sonreír. No os podéis ni imaginar lo mucho que me ha limitado esto en la vida, tanto en lo profesional como en lo personal. Mi sueño es ser actriz y modelo, soy incapaz de imaginarme dedicándome a otra cosa en la vida. Podría haberme puesto a perseguir este sueño nada más terminar el instituto, pero con mis dientes cubiertos de hierros, ¿cómo iba a aventurarme en un mundo como este? Si me presentase a un casting con este aspecto, solo me darían el papel de Betty la Fea, y no quiero que todo el mundo me vea así. Simplemente no tengo la confianza necesaria para hacerlo. Así que, ¿qué hice mientras esperaba el momento en que me quitasen los brackets y pudiese lucir una sonrisa radiante? Pues ir de un curso a otro, pasando el rato, sabiendo incluso antes de empezar que no quería que mi futuro profesional se encaminase por esas vías. Hice un año de FP, y luego otros dos cursos online.
La operación bimaxilar llegó el 13 de marzo de 2017. A 9 de diciembre, aún no he recuperado nada de sensibilidad en el labio inferior. Como con mucha más dificultad, y los dientes me duelen al masticar. También tengo los dientes muy sensibles desde hace años; cada vez que algo un poco frío entra en contacto con ellos, es como si los nervios se pusiesen a vibrar como locos. En la clínica de ortodoncia me dicen que ya debería sentirme mejor cada día, que lo peor ya ha pasado, pero yo no siento que sea así. Llevan tantos años diciéndome que ya casi se ha acabado que, cada vez que me lo dicen, soy incapaz de creérmelo y siento que me están engañando. A día de hoy esto aún no se ha terminado para mí, porque cada vez que me miro en el espejo, los brackets siguen ahí, y detesto verme con este aspecto.
A nivel físico, antes era capaz de soportar cualquier cosa que me hiciesen sin soltar un quejido, absorbía el dolor del proceso como algo necesario para mejorar mi salud y estética. Pero desde los 18-19 años, me cuesta mucho seguir adelante con esto. Perdí ese umbral del dolor tan alto que antes tenía. Entro en la consulta repitiéndome a mí misma que no va a ser nada, que no me va a doler tanto como la vez anterior, pero en cuanto me tocan un poco, pierdo el control. Comienzo a sudar, a temblar, y la respiración y las pulsaciones se me aceleran. Hay veces en que salgo de allí llorando de la desesperación. He llegado a sentirme tan desgraciada, el sufrimiento y el estrés han sido tan intensos, que he llegado a desear morirme para dejar de sufrir. Ni siquiera recuerdo cuántas veces se me ha pasado por la cabeza la idea del suicidio, pero siempre me he vuelto a levantar pensando en que algún día todo esto se acabaría, que no había nacido únicamente para sufrir. Incluso llevo un símbolo kanji tatuado en la muñeca que significa “creer”, para recordarme que debo creer que algún día todo esto terminará y me sentiré mucho mejor conmigo misma.
En junio fui al psiquiatra por primera vez. Es algo que debería haber hecho hace años, pero lo fui dejando porque esperaba que, después de la operación, me sentiría mucho mejor a nivel psicológico. Pero notaba que estaba yendo a peor y la situación era insostenible. El pánico y la ansiedad me atenazaban cada vez que iba al ortodoncista (incluso cuando aún faltaba una semana para la cita empezaba a dormir mal y a tener pesadillas); lloraba a menudo (y nunca lo había hecho); no me gustaba salir de casa porque todo el mundo me dice que me veo mucho mejor después de la operación, y yo no me veo así… Eran un cúmulo de cosas que me estaban haciendo la vida imposible y necesitaba solventarlas antes de que fuese demasiado tarde.
Nada más llegar, la psiquiatra me recetó antidepresivos y tranquilizantes para dormir mejor, y me remitió a unas compañeras suyas (una psiquiatra, una psicóloga y una enfermera mental) especializadas en prevención de suicidios. En una de mis citas con la enfermera, estábamos hablando del hecho de que no me gustan mis dientes, y de repente me dice: “¿Pero cómo sabes si te gustan o no? ¡Si los tienes cubiertos con los brackets!”. Nunca lo había pensado así, es algo bastante obvio y fue como recibir una bofetada (aunque una de las buenas, de esas que te hacen pensar “pero qué tonta he sido, ¿cómo no me había dado cuenta?”). En realidad, no puedo apreciar si me gusta o no mi sonrisa porque hay un montón de metales que no me dejan verla. Otra de las cosas que me han explicado es que mi mente ha tenido que crearse unas expectativas muy altas con respecto a la operación para ayudarme a seguir adelante, a ser fuerte y resistir. Ha sido como una especie de mecanismo anti-suicidio que se activaba en mis horas más bajas para darme esperanza.
La verdad es que, aunque a nivel físico aún no esté como yo quiero, a nivel psicológico sí he mejorado mucho con la medicación. Puedo decir con total seguridad que, de no ser por eso, no habría llegado hasta el día de hoy sin realizar al menos un intento de suicidio. Ya hace algunas semanas que he dejado de tomar las pastillas para dormir, únicamente las tomo media hora antes de ir al dentista como tranquilizante. Actualmente no soy capaz de aguantar que me hagan nada en los dientes si no las tomo. Me funcionan bien para todo menos para las limpiezas. Me hice una a finales de septiembre y, con anestesia local y con mi tranquilizante, lloré como una condenada. Recuerdo que no podía dejar de sollozar, notaba una presión en el pecho y no podía respirar, llegué a pensar que me iba a dar un infarto ahí mismo. A veces, desde la sala de espera, escucho el instrumental y se me ponen los pelos de punta; para que os hagáis una idea, me resulta más agradable el sonido de la motosierra en La Matanza de Texas que el del torno que utilizan para pulirte los dientes.
Mi ortodoncista dice que ya casi estoy lista, prefiere no darme fechas pero supongo que en cualquier momento me quitará todo esto de la boca. Cuando lo haga, tendré que hacerme un injerto de encía en los dientes de abajo, en los de delante casi no me queda nada. Igual eso tiene que ver con la alteración de la sensibilidad en el labio inferior, espero que así sea y que pueda solucionarse, porque no me he operado para quedar con un labio insensible.
Espero que me puedan quitar los brackets ya...
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1 comentario:

  1. Hola anonima. Te quiero comentar que no estás sola. Me pasa algo muy parecido.
    Yo tampoco muestro los dientes al reir, y he perdido la cuenta de la cantidad de veces que esto me provocó situaciones de mierda. De las millones de veces que tuve que explicar que no me gustaba que me saquen fotos y me las sacaban igual. Me pasó ver las fotos y largarme a llorar. Ahora pido que si ya tienen la irrespetuosidad de sacarme fotos en contra de mi voluntad, al menos no me las muestren porque me hunde mucho.
    El problema es que no odio las fotos, me odio yo. A mí me encantaría abrir un instagram y compartir fotos mias con el mundo. Me encantaría tener un canal de YT y hablar de las cosas que me apasionan, pero cómo podría hacerlo con estos dientes, con esta mandibula?
    En fin, tengo tu edad, y recién van a ponerme la ortodoncia en dos semanas.
    Gracias por tu valentia al escribir esto, me ayudas mucho porque no siempre veo casos como el mio a nivel psicologico.
    Escribo un blog llamado "Harta de ser fea", si queres podes pasarte :)
    Pero el r

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